Un misterioso comprador se quedó con la finca en Guatapé que Pablo Escobar bautizó con el nombre de su hija Manuela

Un misterioso comprador se quedó con la finca en Guatapé que Pablo Escobar bautizó con el nombre de su hija Manuela

Luego de ataques de enemigos, abandono y recorridos de drogas ilegales, el Estado cerró el capítulo de una de las propiedades más simbólicas del capo sin revelar al comprador. El dinero subía y bajaba en la pantalla como si de un juego se tratara, aunque no lo era. Números que se persiguen en una subasta virtual. Las ofertas fueron lanzadas desde lugares desconocidos y por personas que quizás nunca habían puesto un pie en Guatapé pero que ahora competían por conservar un pedazo incómodo de la historia colombiana. Así, sin martillo ni salón elegante, acabó vendiéndose la finca La Manuela, una de las propiedades más queridas de Pablo Escobar. La Manuela terminó vendiéndose por 7 mil 700 millones de pesos. No se supo quién lo compró. Sólo quedó el resultado final, frío y contundente, como si un número bastara para cerrar una historia que llevaba abierta más de cuatro décadas. Lea también: La historia de la foto que mostró el fin de Pablo Escobar en la morgue de Medellín La Manuela no es una finca cualquiera. Es allí, en una de las mejores orillas del embalse Peñol-Guatapé, donde el agua parece un espejo permanente y el verde se convierte en un paisaje de postal. Fue construido en los años ochenta, cuando a Escobar le sobraba dinero y el tiempo parecía no tener consecuencias. Pablo Escobar lo hizo construir como refugio y como gesto íntimo, si es que algo así encajaba en su vida. La bautizó con el nombre de su hija menor, Manuela Escobar, nacida en Panamá en 1984, la consentida, la que aún no sabía que llevaría para siempre un apellido convertido en sentencia. La finca creció rápidamente, con la lógica del exceso. Piscinas, canchas, muelle, helipuerto, grandes salones abiertos al dique, árboles traídos de lejos para adornar un paisaje que ya era privilegiado. No fue la hacienda más ostentosa de Escobar, pero sí una de las más queridas. Un lugar pensado para quedarse, para mirar el agua, para hacer como si la guerra no estuviera llamando a la puerta. Paradójicamente, Pablo Escobar nunca llegó a disfrutarlo. Cuando la construcción estaba por terminar, la violencia también llegó a esa esquina. En febrero de 1993, los explosivos destruyeron gran parte de la estructura. Fue un ataque atribuido a sus enemigos, un aviso más en una guerra que ya no dejaba espacios neutrales. Desde entonces, La Manuela quedó marcada por la ruina. Techos caídos, paredes abiertas, hormigón derrotado por el abandono. Con el tiempo, la destrucción pasó a ser parte de su identidad, casi un atractivo más para quienes llegaban en barco, miraban de lejos y pedían que les contaran la historia. Después de la muerte de Escobar, la propiedad entró en ese largo y confuso limbo en el que suelen habitar los bienes incautados. Primero pasó a manos de la Dirección Nacional de Estupefacientes y, años después, pasó a estar bajo la administración de la Sociedad de Activos Especiales. Sobre el papel, era del Estado. En la práctica, durante casi tres décadas, no lo fue en absoluto. Quien realmente vivió allí fue William Duque, un ex mayordomo de la familia Escobar que convirtió la ruina en sustento. Duke se quedó cuando todos se fueron. Vio partir al exilio a la mujer y a los hijos de Escobar, cerró puertas, improvisó cercas, adaptó las caballerizas como vivienda y empezó a contar la historia. Convirtió La Manuela en parada obligada de las llamadas narcogiras, giras en las que cobraba por narrar el pasado, señalar escombros y alimentar mitos. Durante años, turistas nacionales y extranjeros pagaron para escuchar historias de calas escondidas, túneles secretos y tesoros enterrados. El lugar producía dinero, pero no para la Nación. Lea también: Qué hacen Juan Pablo y Manuela, los hijos de Pablo Escobar, el capo que cumpliría 76 años este 1 de diciembre. En 2022, el Estado recuperó el control efectivo del inmueble y Duque fue desalojado junto a su familia. Se cerró así un extraño capítulo, en el que la propiedad pública fue explotada de forma privada durante años sin que un peso ingresara a las arcas oficiales. Poco después, el SAE anunció que La Manuela sería subastada. No como un símbolo, sino como un activo. Mientras tanto, la niña que dio origen a la finca siguió su propio camino, marcado por el silencio. Manuela Escobar creció huyendo, cambiando de país y de identidad. En Argentina se convirtió en Juana Manuela Marroquín Santos, intentó hacer vida normal, estudió, cantó, desapareció de los registros públicos. Cuando se reveló su verdadera identidad en 1999, volvió el encierro. Dejó la escuela, dejó la calle, volvió al aislamiento. Su nombre reapareció brevemente en 2022, en un proceso contra la Dian por impuestos prediales que, según ella, había sido tomado por el Estado. Luego, silencio nuevamente. Hoy, según versiones periodísticas, viviría en Palermo, Buenos Aires, alejada de todo, paralizada por un dolor que no necesita explicación. La venta de La Manuela no resolvió los mitos que la rodean. Todavía hay quien habla de dinero enterrado bajo la piscina, de joyas escondidas, de túneles que nunca aparecieron. Nada de eso fue probado. Lo único comprobable es la ruina, el terreno de más de siete mil metros cuadrados frente a la presa, la estructura maltratada por el tiempo y la violencia. El cierre de un ciclo también es comprobable, pero lo cierto es que hoy, después de más de 30 años en manos del Estado, el inmueble cambió de manos en una subasta silenciosa y millonaria.

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