Resistió al peligroso Bronx y regresó para levantar un café de alta calidad donde antes reinaba el miedo en Bogotá

Resistió al peligroso Bronx y regresó para levantar un café de alta calidad donde antes reinaba el miedo en Bogotá

Luis Alberto Díaz García llegó a Bogotá en 1975, cuando apenas tenía doce años y llevaba una pequeña mochila en la que apenas cabían dos mudas de ropa y la esperanza de ganarse unas monedas. Venía de Ubaque, un municipio rodeado de verdes montañas y lagos silenciosos, donde el tiempo se mide por el paso de las nubes y no por el ruido de los colectivos. Lo trajo un amigo de la familia que le había dicho, casi en secreto, que en el centro de Bogotá había un lugar donde hasta la chatarra se pagaba bien. Había que ir, probar suerte y aprender a moverse entre el olor a gasolina y el sonido metálico de los repuestos. Ese lugar, hace cincuenta años, era el barrio de La Estanzuela: un hervidero de mecánicos, compradores, distribuidores y vendedores que convivían como si todos fueran parte de una misma ruidosa coreografía. Entre las carreras 14, 16 y 18, los autobuses llegaron en tropel para cambiar de motor, pasar de gasolina a diésel y buscar “la parte que sólo pueden llegar allí”. Era una especie de templo automotor donde la gente regateaba con la misma devoción con la que rezaban en otros lugares. Luis Alberto entró en ese mundo, todavía bajito, flaco, con la camisa demasiado grande para él y la mirada puesta en los cajones llenos de tornillos, bujías y juntas traídas de Estados Unidos. Encargué a varios repostadores. Iba y venía cargando piezas, repartiendo recibos, recogiendo lo que le daban. En La Estanzuela vender un tornillo era negocio. Y un niño rápido y alerta podría moverse con ventaja. Con el tiempo, lo que empezó como una oportunidad se convirtió en un destino. Luis Alberto pasó a formar parte del paisaje barrial. Conoció a los comerciantes, aprendió a escuchar los motores para saber qué les hacía daño, atendió a los clientes, abrió cajas, cerró cajas, y poco a poco llevó al negocio a sus hermanos, primos y amigos. Sin proponérselo, acabó convirtiendo aquella zona céntrica en una especie de negocio familiar extendido, donde todos, de una forma u otra, aprendieron a ganarse la vida con el mundo del coche. Allí también conoció a Luz Mirian Dueñas, una joven de Gachalá que había llegado a Bogotá siguiendo un camino similar al de ella: trabajar, emerger, respirar un aire diferente al del pueblo. Con ella formó una familia y con el tiempo nacieron Diana, Luis y Liliana. El barrio estaba tranquilo, al menos en apariencia. Había ruido, por supuesto, pero de tipo mecánico: motores, compresores, martillazos. No había nada que sugiriera lo que vendría después. Porque la historia cambió de rumbo cuando Bogotá decidió intervenir la antigua “olla Cartucho” y, como si se tratara de una jugada sin destino claro, gran parte de los habitantes de la calle se trasladaron a una zona cercana que pronto sería conocida como el Bronx. Allí, junto a talleres y negocios de repuestos, comenzó a surgir un mundo oscuro que creció en silencio al principio y sin silencio después. Luis Alberto recuerda que tenía unos doce años cuando pasó por primera vez por esa zona en bicicleta, con un amigo. Una habitante de la calle, de unos setenta años, les ofreció marihuana sacándosela del pecho como si fuera un caramelo. Pedalearon con el miedo atrapado en la garganta. Años después llegó lo peor: el consumo se extendió, la violencia aumentó, los olores cambiaron y la sombra del Bronx empezó a cubrirlo todo. Cuando la alcaldía de Gustavo Petro instaló los CAMAD en la zona “L”, el flujo hacia el Bronx se hizo aún más evidente. Para Luis Alberto eso fue como oficializar la tragedia: “Era como si les hubieran dado un techo y permiso para seguir ahí”, diría. Las reglas eran simples: no te metas con nosotros, no te molestamos. No vieron nada, no dijeron nada. Una ley tácita, silenciosa, aceptada por quienes necesitaban seguir trabajando cerca. Siempre cuidó de su hijo Luis. Le decía con quién podía salir, dónde podía caminar, qué rincones evitar. No quería que se mezclara con los niños de la calle, que ya tenían sus propias historias de tisis, violencia y destinos rotos. Paradójicamente –como suele suceder en estas ciudades llenas de ironías– fue en la escuela donde más le ofrecieron drogas, no en el Bronx. Luis estudió en la Escuela Militar Antonio Ricaurte y, desde pequeño, comenzó a trabajar como ayudante en las tiendas de su padre. Entre clases y herramientas, intentó estudiar medicina veterinaria, luego ingeniería mecánica, y acabó egresándose de veterinario. Pero incluso con un título universitario, siguió viendo cómo la zona se deterioraba. En 2011 y 2012, aparecieron muertos casi a diario. Los talleres comenzaron a vaciarse. Los clientes dejaron de venir por miedo. Y el barrio quedó marcado con el sello de la delincuencia, la prostitución y la droga, como si todos llevaran la misma cruz aunque no tuvieran nada que ver con ella. Incluso pensaron en cerrar el local con ladrillos y buscarse otra vida lejos de allí. Pero Luis Alberto decidió resistir. Se mantuvo firme. No era terquedad: era necesidad, era historia, era el único trabajo que conocía desde los cuatro años, cuando sus padres lo llevaban al taller a escuchar el ruido de los motores como si fueran canciones. La intervención definitiva del Bronx en 2016 fue un duro golpe. Vecinos, comerciantes, trabajadores: todos pagaron los daños colaterales. La zona estuvo marcada durante meses, como si las ruinas también fueran suyas. Pero al mismo tiempo, la intervención abrió la puerta a algo inesperado: la posibilidad de empezar de nuevo. En 2019, junto a su esposa Edna, Luis —su hijo— sintió que había llegado el momento de intentar un camino diferente. Pensaron en el café. No sabían nada, pero querían saberlo. Descubrieron la palabra “barismo” y les sonó como una oportunidad. Hicieron un curso de 220 horas en una academia del centro donde se hablaba del café como si fuera un ser vivo. Aprendieron a tostar, a moler, a calibrar máquinas. Y un año después, en plena pandemia, abrieron una cafetería. Lo llamaron “Vronx60 Café del Renacer”. Con V, no con B, porque querían reinterpretar la zona y no cargarla con su pasado. Fue un guiño, una declaración, un intento de transformar una palabra que antes daba miedo en un símbolo de resistencia. Contra todo pronóstico, el negocio creció. Tienen dos ubicaciones, clientes fieles y un objetivo claro: ofrecer café de calidad a precios bajos y abrir oportunidades a jóvenes que, como ellos en ese momento, necesitan una puerta diferente para empezar. Luis Alberto, el padre, sigue entre repuestos, tornillos y motores. El son, entre espressos y capuchinos. Y ambos, de alguna manera, siguen reconstruyendo la historia de un mismo barrio, intentando demostrar que incluso en los lugares más afectados hay espacio para la dignidad y para empezar de nuevo.

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