El partido más importante

El partido más importante

Cuando voy a ver el partido de mis hijos lo que más me sorprende no es lo que pasa en el campo, sino lo que pasa en la grada. Los padres que se levantan, se sientan, se llevan las manos a la cabeza, vuelven a gritar. Madres que gritan como si fueran directoras técnicas. Tíos, primos, madrinas, abuelos que luchan entre el orgullo y la frustración con la misma intensidad que vemos estos días de fervor mundialista. Es la misma pasión, condensada en otra escala: el mismo frenesí, el mismo nudo en el estómago, el mismo amor desmedido que no siempre sabe ocultar. En La Morena, donde se juegan las ligas infantiles y juveniles de Bogotá, el espectáculo es doble. En los 16 campos hay cientos de niñas, niños y adolescentes corriendo tras una pelota. Y a su alrededor, en las gradas y en los bordes del campo, hay miles de adultos que también están jugando a algo, aunque no lo sepan: están construyendo, partido tras partido, los vínculos que luego sustentarán a esos niños cuando la vida se ponga difícil. Esa imagen se repite estos días multiplicada por millones, porque el mundo entero parece caber dentro de un campo. Nos levantamos temprano, nos quedamos despiertos hasta tarde, interrumpimos conversaciones para ver rodar una pelota. Un gol paraliza las ciudades. Una victoria desencadena un carnaval. El fútbol tiene esa extraña capacidad de unir a extraños en torno a una misma emoción. Pero lejos de los estadios llenos y las estrellas que hoy ocupan las portadas, hay otra historia del fútbol que rara vez aparece en las noticias: la de las canchas barriales, los torneos comunitarios, los entrenamientos en canchas improvisadas. Es la historia de un deporte que, mucho antes de producir futbolistas, produce algo más valioso: comunidad. No es casualidad que organismos internacionales, empresas, gobiernos y hasta candidatos hayan encontrado en el fútbol una plataforma para promover sus propósitos. La razón es simple: pocas actividades logran reunir de manera tan natural a niños, jóvenes, familias y líderes comunitarios en torno a un objetivo compartido. El fútbol crea algo que las políticas públicas suelen tardar años en construir: confianza. Según el estudio El poder del fútbol, ​​realizado por el Centro Nacional de Consultoría, Mininterior y la fundación Tiempo de Juego, las personas que forman parte de equipos deportivos tienen niveles de confianza significativamente mayores que quienes no participan en ellos. No es un dato menor: la confianza es la materia prima de cualquier red social capaz de cuidar de sus hijos, y es uno de los ingredientes esenciales de cualquier entorno protector de la infancia. Los especialistas en protección infantil han insistido durante décadas en una idea que parece obvia, pero que a menudo olvidamos: los niños no crecen protegidos únicamente porque existen leyes o instituciones. Crecen protegidos cuando están rodeados de adultos atentos, vínculos fuertes y un entorno capaz de reconocer cuando algo no está bien. La protección comienza cuando un vecino conoce a los niños de su barrio. Cuando un entrenador nota que alguien dejó de asistir. Cuando un docente identifica un cambio de conducta. Cuando una madre encuentra, en el siguiente paso, otra madre con quien compartir sus preocupaciones. En última instancia, comienza cuando un grupo de personas que viven cerca se convierten en una red de atención. También puedes leer: La forma en que un país cuida a sus niños y sus familias El fútbol sigue siendo uno de los lenguajes compartidos entre generaciones más poderosos. El mismo estudio indica que el 77% de los padres en Colombia habla de fútbol con sus hijos y el 61% ha jugado con ellos. Mientras que en la generación anterior sólo tres de cada diez padres compartían ese espacio, hoy cerca de siete de cada diez lo hacen. En tiempos en los que muchas familias luchan por encontrar momentos de reencuentro, el fútbol sigue ofreciendo una conversación común. A primera vista parece como si los niños estuvieran simplemente jugando. Pero está sucediendo algo más profundo: están aprendiendo a cooperar, a resolver conflictos, a gestionar la frustración y a confiar. Y mientras eso sucede, los adultos también se encuentran. Las familias se conocen. Las relaciones se fortalecen. Aparecen conversaciones que de otro modo nunca habrían existido. Por eso en Colombia son tan abundantes y exitosas las iniciativas que utilizan el fútbol como punto de encuentro para fortalecer entornos protectores de la niñez. En Aldeas Infantiles SOS hemos comprobado de primera mano ese poder. Con el apoyo de la Fundación FIFA y Adidas, realizamos un trabajo en el Pacífico colombiano que utiliza el balón como puerta de entrada: en torno a él se desarrollan procesos comunitarios, espacios de crianza positiva, encuentros entre familias y mecanismos para identificar situaciones de riesgo que requieran apoyo o activación de rutas de protección. Y eso es importante porque una de las principales amenazas a la infancia contemporánea no es sólo la pobreza o la violencia. También es aislamiento. Familias agotadas que se enfrentan solas a enormes desafíos. Adultos sin redes de apoyo. Barrios donde los vecinos apenas se conocen. Grupos que han perdido la capacidad de cuidar colectivamente. En estos contextos, una cancha de barrio, o simplemente la conversación sobre la selección o cualquier equipo, puede convertirse en más que un escenario o un rompehielos: puede ser un espacio seguro, una excusa para construir vínculos donde antes no los había. Hay una escena que se repite cada fin de semana. El árbitro pita el final del partido. Los niños se quedan con los guayos. Los padres recogen las maletas. Las gradas vacías. Pero el verdadero juego apenas comienza. Comienza cuando esas familias se vuelven a reunir la semana siguiente. Cuando el entrenador pregunta por el niño desaparecido. Cuando una madre busca consejo de otra madre. Cuando ese grupo de personas descubre que cuidar también puede ser una forma de jugar en un mismo equipo. Quizás ese sea el mayor triunfo del fútbol. No crear campeones. Formar comunidades capaces de proteger a sus hijos. Done hoy: Mi recaudación de fondos | ¡No dejes que la infancia esté fuera de lugar! Perfil Esteban Reyes, Director Nacional de Aldeas Infantiles SOS Abogado de la Universidad de Los Andes, magíster en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana y magíster en Derechos del Niño de la Université Paris 8, en Francia. Actualmente es director nacional de Aldeas Infantiles SOS, ONG internacional que brinda atención directa a niños, adolescentes y jóvenes en situación de desprotección, fortalece a familias en situaciones de riesgo o crisis y aboga por la defensa de los derechos de la niñez y las familias. Su amor por las causas sociales y, principalmente, por la niñez, lo llevó a trabajar en la Fundación Tiempo de Juego, la Defensoría del Pueblo, entre otras entidades, donde se relacionó con la protección de los derechos de las poblaciones más vulnerables y reconoció de cerca las necesidades de niños y niñas. Del autor: Atacar a mujeres, violar a niños Navegación de entradas

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