Sus herederos tendrán el mayor porcentaje de esos bienes, los cuales se mantendrán en consigna mientras se define el tema de cómo se distribuirá la fortuna. La mañana del 10 de enero dejó una noticia que sacudió la música popular colombiana. Yeison Jiménez, uno de sus nombres más reconocidos, murió en un accidente aéreo mientras viajaba en su propio avión, un Piper Navajo del año 1982. Desde entonces, además del luto, empezó a circular una pregunta inevitable: qué pasará con las canciones que siguen sonando, con ese repertorio que no se detiene con la muerte y que sigue produciendo dinero cada vez que alguien lo escucha, lo programa o lo canta. La respuesta no está en el azar ni en decisiones improvisadas. Está en un sistema que funciona incluso cuando el autor no está. Jiménez no sólo interpretó sus canciones: fue autor y compositor de la mayoría de ellas. Ese detalle, técnico para algunos, es fundamental. Significa que los derechos de autor sobre sus obras permanecen vivos y generan regalías cada vez que la música se comunica públicamente, ya sea en radio, plataformas digitales, conciertos, bares, discotecas, transporte público o cualquier otro espacio donde se reproduzca. | Lea también: El exitoso contador boyacense que impulsó a Yeison Jiménez y se encarga de gravar la fortuna de otros artistas En Colombia, este mecanismo es operado por dos organizaciones que trabajan de manera articulada. La Sociedad de Autores y Compositores de Colombia, Sayco, que preside Cásar Ahumada, administra los derechos de autor, es decir los que corresponden a quien crea la canción. Acinpro, dirigida por Antonio Montoya, por su parte, gestiona los derechos conexos, que pertenecen a los artistas intérpretes o ejecutantes. Ambas entidades centralizan la recaudación a través de un procedimiento único para los usuarios de música y luego aseguran que los recursos lleguen a quienes pertenecen. Jiménez estaba afiliado a Sayco desde 2014 y había consolidado su condición de socio activo dos años después, con un catálogo totalmente documentado. Este registro es el que permite que las obras sigan generando ingresos sin interrupciones tras su muerte. La música no queda congelada por la muerte del autor. Continúa girando en el circuito comercial y cultural, y cada uso sigue generando ingresos. El punto clave no es si se pagan regalías, sino a quién se le pagan. Cuando un autor muere, las sociedades gestoras no distribuyen automáticamente los recursos. Primero debe haber claridad jurídica sobre quiénes son los herederos y en qué proporción participan. Este proceso se realiza a través de la sucesión, la cual puede realizarse ante un juez o un notario. Allí, los herederos definen acuerdos y el Estado valida los porcentajes que corresponden a cada uno. Mientras este proceso avanza, el dinero no desaparece ni se diluye. Sayco y Acinpro continúan recaudando las regalías generadas por el uso de las canciones y las mantienen identificadas, a la espera de una orden legal que indique cómo deben distribuirse. Se trata de una especie de pausa administrativa que protege el patrimonio del autor. En el caso de los derechos de autor gestionados por Sayco, la regla es clara y general. Del total recaudado por la explotación de las obras, el 70 por ciento está destinado a los titulares de los derechos, que en este caso serán los herederos de Yeison Jiménez una vez cerrada la sucesión. El 10 por ciento está destinado a beneficios sociales que la entidad ofrece a todos sus afiliados, y el 20 por ciento restante cubre los gastos de administración necesarios para operar el sistema. Acinpro aplica un esquema similar en la gestión de derechos conexos, garantizando que la parte correspondiente a la interpretación musical llegue también a quienes legalmente la representan. En ningún caso estas entidades se quedan con la mayor tajada. Su función es recoger, gestionar y distribuir, no apropiarse del legado creativo. | Lea también: Los negocios millonarios en los que operaba Yeison Jiménez al margen de la música El verdadero motor de todo este proceso es el repertorio. Las canciones de Jiménez siguen ocupando espacio en la radio, acumulando reproducciones digitales y siendo parte de la banda sonora diaria de miles de personas. Este consumo constante es lo que mantiene activo el flujo de regalías y convierte su obra en un patrimonio que trasciende su vida. Así, mientras el país termina de asimilar la ausencia del cantante, su música sigue funcionando en silencio. No como un gesto simbólico, sino como un derecho jurídicamente protegido. Las regalías no son un homenaje ni una concesión: son el resultado de un sistema diseñado para que la creación tenga continuidad y para que quienes hereden ese legado reciban los frutos de una carrera construida canción a canción.





