Con perseverancia y sabiduría, Helen Cabezas y su grupo de mujeres lograron traer caña de azúcar a este puerto del Pacífico y exprimirle un sabor único. Antes de que existieran los medicamentos de farmacia, en el Pacífico colombiano la salud se preparaba en un frasco. Algunas hierbas recién cortadas, el destilado de la caña y los conocimientos que se transmitieron de generación en generación fueron suficientes para aliviar el dolor, recuperar fuerzas o acompañar la llegada de un niño al mundo. Aquella mezcla, que para muchos era simplemente licor, escondía siglos de historia, medicina y resistencia. De esa alquimia nació el viche. Durante décadas viajó por los ríos, manglares y esteros costeros como un secreto de familia. Si bien para las comunidades afro era parte de su vida cotidiana, para las autoridades terminó convirtiéndose en una bebida perseguida, obligada a esconderse pese a haber existido mucho antes de que el Estado intentara regularla. Entre quienes defendieron la tradición se encuentra Helen Cabezas, una tumaqueña que convirtió el viche en mucho más que un producto. Lo transformó en una forma de preservar la memoria de su territorio y demostrar que los conocimientos ancestrales también pueden convertirse en una oportunidad de desarrollo para la comunidad. El conflicto que mantuvo al viche en la “ilegalidad” Mucho antes de ocupar vitrinas o ferias gastronómicas, el viche formó parte de la vida de las comunidades afrodescendientes del Pacífico. Con la bebida ancestral se preparaban los famosos curaos, bebidas elaboradas con plantas medicinales utilizadas para aliviar enfermedades, dar energía, acompañar el embarazo o celebrar momentos importantes de la vida. No era sólo un destilado de caña, sino medicina tradicional: identidad y, además, símbolo de resistencia cultural. La historia cambió hace más de un siglo. En 1923, con la Ley 88, el país fortaleció el monopolio de alquiler de licores administrado por los departamentos. Si bien la norma no prohibía expresamente el viche, la producción artesanal de destilados quedó fuera del mercado formal. Durante décadas, miles de familias continuaron haciéndolo clandestinamente. El viche sobrevivió. Lo hizo gracias a quienes nunca dejaron de prepararlo en silencio, protegiendo un conocimiento que fue transmitido de padres a hijos mientras el resto del país apenas comenzaba a descubrir su verdadero valor. Helen era una de esas personas. En 2015, cuando aún había enormes barreras para comercializarlo, se inauguró La Casa del Curado de Helen en Tumaco. Más que un establecimiento comercial, el lugar nació como un espacio para compartir la historia del Pacífico, rescatar recetas tradicionales y demostrar que detrás de cada botella había un patrimonio cultural que merecía ser reconocido. Helen, la mujer que llevó el viche a las grandes vitrinas de Colombia Con el tiempo, la valiente mujer entendió que preservar la tradición no significaba quedarse en el pasado. Por ello, comenzó a experimentar con nuevas preparaciones sin perder la esencia del viche. Hoy, además de los tradicionales curaos, ofrece cremas, vinos artesanales y otras bebidas que conservan el sabor del Pacífico, pero logran conquistar públicos mucho más amplios. Su obra traspasó las fronteras de Tumaco. Ha participado en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, el mayor encuentro de la cultura afrocolombiana, donde miles de personas descubren, cada año, la gastronomía y bebidas tradicionales de la costa. También llevó sus productos a la COP16 celebrada en Cali en 2024 y ha sido parte de ANATO, la principal vitrina turística del país. Cada uno de estos escenarios ha servido para contar la misma historia: la de un territorio que durante décadas protegió sus tradiciones hasta que Colombia comenzó a reconocerlas. De una pequeña casa a convertirse en un referente en Tumaco El negocio sigue funcionando donde todo empezó: una casa en el centro de Tumaco que muchos vecinos ya consideran una parada obligatoria. Hasta allí llegan turistas de distintos rincones de Colombia y visitantes de Estados Unidos e Irlanda, entre otros países, atraídos por la posibilidad de probar un producto que durante siglos permaneció escondido fuera del Pacífico. A medida que Helen hizo crecer su negocio, el panorama también comenzó a cambiar para viche. En 2021 se aprobó la Ley 2158, que reconoció esta bebida como patrimonio colectivo de las comunidades negras del Pacífico colombiano y dio un paso histórico para proteger su producción tradicional. Tres años después, en 2024, llegó la normativa sanitaria que establecía las condiciones para producir y comercializar formalmente viche a través de registros sanitarios artesanales. Eso representó mucho más que un cambio legal. Significa que una tradición perseguida durante generaciones finalmente comenzó a ocupar el lugar que siempre mereció. Helen aprovechó ese momento. Hoy, además de la casa donde nació el proyecto, cuenta con otras dos sedes en Tumaco. Su emprendimiento se convirtió en el sustento de su familia y en una vitrina para mostrarle al país que el verdadero valor del viche nunca estuvo solo en la botella. Al contrario, estuvo en las manos que aprendieron a destilarlo, en las mujeres que se negaron a dejar morir ese conocimiento y en un territorio que sigue luchando para que su conocimiento viaje de generación en generación, desde los manglares del Pacífico hasta cualquier rincón del planeta. Mirá también: Las mujeres afro que encontraron su libertad sembrando manglares en una acera de Bolívar Navegación de publicaciones





